Los recuerdos de un Baño de Bosque

Lic. Luis Carlos Palazuelos Irusta

Master en Turismo

asesorías@allcostaricaadventures.com

Hace poco tiempo revisando el material producido por un teórico de la terapia de bosque, mejor conocido como Shinrin-Yoku o Baño de Bosque, encontramos una sugerencia que evidentemente puede abrir el espacio a la discusión.

El autor en cuestión recomendaba que al finalizar el Baño de Bosque era una buena idea llevar un recuerdo. En apariencia el consejo no se refería a algo muy apreciable en tamaño ni en rareza: una piedra, unas hojas, una rama y similares.

El debate se abre a partir del momento en el que nos fijamos posiciones ideológicas que por otros objetivos, digamos más grandes, ya han planteado sus objeciones. Los casos más emblemáticos son por ejemplo las conchas de mar o las estrellas de mar. Si se piensa que las conchas de mar en una sucesión continua de roce y desgaste que impulsan las olas del mar llegan a ser apreciada arena, entonces mejor respetar las conchas que un día (muchísimo más lejano que cercano) se convertirán en arena. En el caso de una estrella de mar “varada”, lo ideal es devolverla al mar para que continúe la vida.

En un bosque, recolectar insectos como mariposas o escarabajos tampoco representaría un gran riesgo para la naturaleza si la perspectiva se basa en la cantidad de cada especie; sin embargo, si no fuera un solo turista sino miles en la misma faena entonces el impacto sería notorio.

Ahora bien, ¿qué sucede cuando lo que no tiene vida como una piedra o una rama seca se extrae de su lugar? En apariencia no se genera mayor problema bajo el argumento de que se trata de seres no vivos, pero se descuida por ejemplo el aspecto del valor que representa para otras especies vivas que se refugian debajo de una roca o que se alimentan de la rama seca o hacen de ella su hogar.

Podríamos saldar el tema señalando como lo hacen los ecologistas que lo único que se deja en el lugar de la visita son las huellas, aunque las huellas de miles de personas en el mismo lugar también causan daños que pueden atenuarse con el transcurso del tiempo siempre y cuando no se vuelva a repetir la experiencia.

Hasta aquí podemos entender que de las áreas naturales y especialmente de aquellas protegidas no se debe tomar ningún tipo de “recuerdo” más allá de nuestra comprensión del valor ambiental que representan para sí misma una especie o para otras especies. 

Entonces ¿a qué se puede referir el autor que con tanta seguridad afirma que en un Baño de Bosque se puede recolectar “recuerdos”?

Pensamos, sin querer asumir el rol de defensor, que en un Baño de Bosque es posible tener un contacto físico pleno con muchos objetos que allí se encuentran. Algunos guías de turismo por ejemplo usan las hojas caídas para armar mosaicos en el piso, otros usan piedras para armar torres de equilibrio, ramas que sirven de bastones o de punteros (un boy scout la usaría como herramienta de rescate) y así sucesivamente son muchas las posibilidades mientras la creatividad produzca ideas.

Lo que genera la discusión en relación a los “recuerdos” del bosque no es el uso de elementos naturales sino la extracción de su medio natural.

Personalmente, y a lo largo de muchas experiencias en el bosque donde no necesariamente nuestro objetivo era un Baño de Bosque, hemos interactuado con estos elementos naturales y de ellos hemos obtenido sensaciones que han creado conexiones neuronales por demás interesantes: la frialdad o calor de las piedras, la rugosidad de troncos de árboles, el peso y la ligereza de ramas tumbadas, el aroma y sabor de flores y hojas en planta, etc.

Lo anterior nos lleva también a reconocer el valor de un guía de Baño de Bosque que es capaz no solamente de prepararnos para la reconexión con la naturaleza sino además para mostrarnos el camino y las formas de esas reconexiones que al final no deben suponer un daño al medio y a los seres que forman parte de él. También señalará las prohibiciones que, aunque sean antipáticas son su deber pregonar y hacer respetar.

En conclusión, no compartimos el consejo que apunta a llevarse a casa un objeto, por más hermoso que sea o poco valioso que nos parezca, de su ambiente natural que además podría estar protegido legalmente. La reconexión con la naturaleza es más sensorial o experiencial que material.